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Taller Literario 2015

Biblioteca Popular "José A. Guisasola"

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Tres horas después, por Azul Pacheco. Consigna 4, Nivel A - Módulo 4


Ella se despertó en el sueño y vio que seguía dormida. Salió de la cama despacio y apagó la luz. Los ronquidos eran tan desagradables que agradeció no tener testigos de su actuación tan poco femenina.

Nunca seré la heroína de mi novela, pensó- y cerró la puerta con suavidad para no despertarse.

¿A dónde voy?, se preguntó en su paso vacilante al salir del pasillo. Si no fuera porque aún escuchaba su respiración gruñendo como demonio hubiese jurado que estaba muerta. Por lo menos así sucedía en los libros y en alguna que otra película: te morías, te salías del cuerpo y empezaba el melodrama. Pero no. Estaba viva y en comunicación directa con la realidad. Salvo por el detalle de que era un sueño, claro.

Llegó a la cocina, prendió un cigarrillo y puso a calentar la pava para tomarse unos mates. Era obvio que hasta en sueños tenía la misma rutina de siempre. ¡Qué vida más aburrida!, pensó- y tuvo que hacer un tremendo esfuerzo para no volver al dormitorio y meterse dentro de su cuerpo a seguir roncando como si nada.

La culpa la tiene mi editora, se dijo mientras comía los restos de la torta de chocolate que se endurecía relegada sobre la mesada.

Diana, había estado toda la semana tratando de empezar a escribir y el papel estaba tan en blanco como la pantalla del monitor.

Tengo que abandonar —escribía en letras invisibles por todos los rincones de su mente— y dejar de fumar, limpiar un poco más la casa, comer comida caliente, comprarme una cabeza nueva, tirar la vieja, en fin, otra vida, eso quiero. Mejor apago todo y trato de meterme otra vez en mi cuerpo. Soy una pesadilla demasiado real y estoy empezando a dudar de mi cordura.

Caminó hasta la habitación rogando no despertarse y se quedó parada frente a su cama mirándose dormir. Rodeó el cuerpo sonoro y con sumo cuidado se colocó sobre él y se hundió hasta desaparecer.

Tres horas después sonó el despertador que la sacó de un sueño profundo. Se levantó sin prisa y fue a la cocina como cada mañana, prendió un cigarrillo y puso a calentar la pava para tomarse unos mates.

Al rato, siguiendo su rutina, prendió la computadora y escribió:

Ella se despertó en el sueño y vio que seguía dormida. Salió de la cama despacio y apagó la luz…



Azul Pacheco
Modalidad: a distancia
Nivel A – Módulo: 4, consigna 4 beta
Campus Virtual – Profesora: Julia Martín
Biblioteca Popular “José A. Guisasola”
Agosto de 2015

El fantasma, por Flavia Rago. Consigna 4, Nivel A - Módulo 4


Se desvivía por su casa y su marido, lo eran todo para ella.

Hacía un tiempo notaba que se sentía muy sola y que nada de lo que realizaba alcanzaba para llamar la atención de su esposo. Ella tampoco se sentía satisfecha con su vida.

La idea de un engaño comenzó a rondarle en la cabeza y cada vez se hacía más y más fuerte. No tenía registro exacto de cuándo habían comenzado esas sensaciones, pero estaba realmente muy molesta con él por hacerla sentir de esa manera. Él era el causante de su descontento, de su frustración, de su desazón y su locura inminente.

Buscaba continuamente pistas de la aventura que imaginaba que él tenía, marcas en su cuello, manchas de lápiz labial en sus camisas, papeles con mensajes en sus bolsillos… algo, algo que confirmara sus sospechas.

No entendía el porqué de sus llegadas tarde después del trabajo. No creía las explicaciones que le daba cuando le decía que tenía entre manos una obra muy importante en la fábrica.

Cada vez que llegaba tarde ella le propinaba una andanada de insultos y quejas que él escuchaba estoicamente dejándola desahogarse. Y luego, al verla abatida y temblorosa, intentaba calmarla abrazándola y hablándole suavemente, tratando de que entendiera que no había ninguna otra mujer en su vida.

Sin embargo, ella no creía en sus justificaciones y al pasar de los meses sintió que su pesadilla no acabaría nunca.

Su imagen se fue deteriorando, sus ojeras eran evidencia de que no se encontraba nada bien, incluso había perdido peso.

Por el contrario la imagen de la otra mujer, se hacía más visible y fuerte en su cabeza. La imaginaba bella, esbelta, delgada y con un cabello brillante.

Ya no aguantaba las pesadillas que sus pensamientos le provocaban.

Un día él llegó muy cansado, y como siempre desde hacía un tiempo ella comenzó con su descargo.

Agotado por no poder hacerla entrar en razones, la única solución que encontró fue la de llamar a un psiquiatra para intentar con un tratamiento. Concertó una cita y ella se dejó llevar sin oponerse demasiado, y al cabo de una semana decidieron la internación.

Ya nadie creía que su delirio tuviera solución, asique tan solo se limitaban a medicarla, y trascurría sus días en la habitación, con la mirada perdida.

Un día de los tantos que llevaba allí metida, enfrascada en sus locos pensamientos, sintió un golpe suave en la puerta que la sacó de su ensimismamiento.

Juntó fuerzas para levantarse de la silla en la que descansaba. Estaba segura que era ella. Lo intuía.

Contuvo la respiración y abrió la puerta. Instantáneamente, la invadió una sensación de horror. Una mujer insignificante, avejentada, con el cabello revuelto y la cara llena de arrugas, estaba a su lado.

De inmediato distinguió al fantasma que la perseguía desde hacía más de un año y medio, el que la había hecho sufrir injustamente. Comprendió que era la soledad personificada, y captó también que definitivamente había perdido al amor de su vida para siempre.



Flavia Rago
Modalidad: a distancia
Nivel A- Módulo 4, consigna 4 beta
Campus Virtual- Profesora: Julia Martín
Biblioteca Popular “José A. Guisasola”
Agosto de 2015

Arrepentimiento. Por Bárbara Fischer Farías. Consigna 4, Nivel A - Módulo 4


Un accidente de auto me dejó inmóvil por varios meses, me había despertado rodeado de aparatos que indicaban que estaba vivo. Me encontraba solo en la habitación 115. Nadie en meses había venido a verme y los médicos no sabían nada de mí.

Esa mañana en que desperté, comencé a recorrer la habitación con la mirada, de pronto viajé al pasado, donde me veía rodeado de amigos y familiares, no entendía por qué entonces estaba solo si mis recuerdos decían otra cosa, recordé tener amigos y una gran familia ¿Dónde estaban todos ellos?

Tratando de darme vuelta en la cama, ya inquieto de esa posición, me aferré a la almohada y traté de pensar en que todo era un sueño, que lo que estaba viviendo era una pesadilla y que no debía temer.

Entonces recordé quién era, no pude evitar sentir vergüenza y asco de mi mismo. Mi vida había cambiado hacia un tiempo, antes de sufrir este accidente yo mismo me había encargado de alejar a toda mi gente, mi reputación se había acabado por la traición cometida a mi esposa, en mi mente solo resonaban sus gritos ¿Cómo pudiste? ¡¿Cómo pudiste hacerme esto?!

La noche anterior al accidente, el romance oculto con mi cuñada había salido a la luz, todo se nos había ido de las manos y ya no podíamos esperar a vernos fuera de la casa, como veníamos haciéndolo desde hacía años.

Esa noche ella y yo quedamos solos en casa, mi esposa había salido de cena con sus amigas pero volvió más temprano de lo normal y así fue, nos encontró en pleno acto, no podíamos negar ni intentar explicar nada. Lo había visto todo.
Después de una terrible discusión con mi esposa, ella me echó de la casa que compartíamos con la familia, tomé las llaves de mi auto y sin más tuve que irme.

Después de meses de rehabilitación —ya que mis huesos habían quedado hechos añicos— logré salir de la clínica. Me enteré por un conocido, que mi amante también había sido expulsada de la casa. Ya no había remedio, estábamos pagando por el error cometido. Experimenté el precio de la soledad y la vergüenza, el arrepentimiento me invadió y no tardé en hundirme en llanto y desesperanza. Como no me había dado cuenta antes que mi pecado me llevaría a la ruina, había perdido toda mi hermosa familia, estaba solo en el mundo, la mujer que me había acompañado por años ya no estaba a mi lado.

Que sería de mí, me pregunté. Sin trabajo, sin casa, sin nadie que me apoyara. Pues solo me quedaba seguir adelante, lo peor ya lo había pasado, al estar al borde de la muerte.

Ahora solo me queda cargar con la culpa de haberlo destruido todo pagando un precio muy alto: la soledad absoluta.



Bárbara Fischer Farías
Modalidad: a distancia
Nivel A – Módulo: 4, consigna 4 alfa
Campus Virtual – Profesora: Julia Martín
Biblioteca Popular “José A. Guisasola”
Agosto de 2015

Una niña perdida en el bosque. Por Isabel Racciatti. Consigna 4, Nivel A - Módulo 4


Había una vez una familia que vivía en un bosque, donde los árboles bondadosos cubrían los nidos de los pájaros entre sus hojas mientras ellos cantaban sus hermosas melodías.

Tenían una casa recubierta con piedras que de noche brillaban y la iluminaban, con muchas ventanas donde el sol muy temprano con su resplandor dorado les anunciaba el amanecer.

Estaba rodeada de árboles, flores, era ¡¡¡muy alegre!!! Los cuatro eran muy felices viviendo allí. Mora, la menor, era pequeña, morocha, con ojos verdes de tez blanca, tan blanca como las nubes. Rogelio su hermanito, se destacaba por curioso, picarón y travieso. Sus papás siempre estaban para cuidarlos.

Juntos hacían cosas divertidas, tenían juegos de mesa, leían cuentos, cocinaban, eran muy compinches y los educaban con mucho amor.

Todos trabajaban para poder vivir en ese lugar, la niña era muy estudiosa, ayudaba a su madre en todo lo que podía, Rogelio jugaba con las semillitas de colores que encontraba en el bosque, hacía agujeritos y las enterraba. Las semillitas las cuidaba y luego nacían, cerezas, arándanos, etc. Luego las cosechaban y mientras bailaban, llenaban los canastos de frutos. Su mamá preparaba los frascos para envasar los dulces que llevarían al pueblo todos los meses junto a los muebles que su papá fabricaba con madera que juntaba en el lugar. Las mantas que tejían en familia y muchas cosas más.

Así sus días pasaban sin darse cuenta.

Una mañana deciden ir al pueblo. Prepararon los caballos, el carro y la mercadería, ya preparados para salir, Mora no quiso ir y con varias excusas convenció a sus papás, eso sí, no debía salir de su casa ni abrir la puerta a nadie. Les dio un beso grande y entró: hizo los deberes porque al otro día debía ir a clases luego tomó la leche y miró hacia afuera, se sentía aburrida, se moría por recorrer el bosque. Entonces tomó su sombrero con flores, los anteojos oscuros, la cantimplora con agua y salió sin pensarlo. Los topos curiosos al verla asomaban sus cabezas y las volvían a guardar.

Ella nunca salía sola; siguió y ahí fue donde las ardillas traviesas que jugaban con las flores y las mariposas la vieron, se unieron al paseo, les gustaba estar con la niña, caminaron, cantaron, jugaron sin parar, se cansaron y decidieron dormir una siestita.

Cuando despertó, el sol se había escondido, las estrellas brillaban y Mora estaba sola, sus amiguitas se habían ido. Tenía miedo por lo que se levantó y caminó.

Como por arte de magia aparecieron las luciérnagas, se treparon sobre su sombrero y la alumbraron, gracias a ellas encontró una choza, se acercó y contuvo la respiración. Abrió la puerta, instantáneamente la invadió una sensación de alivio, una mujer insignificante avejentada y con el cabello revuelto estaba a su lado, Mora dio unos pasos hacia adelante y lloró, sus lágrimas humedecieron su ropa, tenía frío, hambre. La anciana se dio cuenta y le dijo no tengas miedo compartiremos la cena y la cama, mañana muy temprano te llevaré, conozco este lugar de punta a punta, aquí nací y crecí. Lávate y luego cenamos. Así fue, le ayudó a lavar los platos y se acostaron. Mora arrepentida pensaba en su familia que seguramente estaría buscándola sin parar, dio mil vueltas en la cama y así logró dormirse.

Muy temprano la anciana se levantó, le preparó la leche, abrió la puerta y con un silbido llamó a Gervasio que era su burro; en éste subió a la niña y salieron, hablaron mucho, la señora le contó que vivía sola hace muchos años .Mora con pocas palabras describió la hermosa familia con quien vivía y lo feliz que era ¡¡lo mucho que los amaba!!

Así la vuelta fue más corta, llegaron, sus padres estaban afuera, la regañaron, ellas trataron de explicarle, entendieron pero su penitencia tenía que cumplir, quince días sin salir a jugar. Mora aceptó, se dio cuenta que no debía desobedecer a sus papis y si de algo está segura es que no lo volverá a hacer.

Desde ese día su amistad creció con la anciana, se visitaban, pasaban muchas horas juntas y ella fue para los hermanitos la abuela que siempre soñaron tener y ella ahora no estaba sola tenia ¡una hermosa familia!


Isabel Racciatti
Modalidad: a distancia
Campus Virtual – Profesora: Julia Martín
Biblioteca Popular “José A. Guisasola”
Agosto de 2015

Tareas para esta lección "Taller Literario - Módulo 4"

Consigna 4

Consigna 1: elegir una de las cuatro opciones (alfa, beta, gamma o delta) para desarrollar un texto. Antes de comenzar a escribir se deberá pensar en el narrador: elegir el punto de vista.

Consigna alfa:
“Aprendí que no debía abusar de mis amigos. Tuve miedo. La soledad me perseguía.”


Consigna beta:
“Contuvo la respiración y abrió la puerta. Instantáneamente, le invadió una sensación de alivio. Una mujer insignificante, avejentada, con el cabello revuelto y la cara llena de arrugas, estaba a su lado”.
(George Orwell, 1984)


Consigna gamma:
“Naturalmente, esto no es una aventura, ni un programa, ni -menos que menos un noviazgo. Sin embargo, es algo más que una amistad.”
(Mario Benedetti, La Tregua)


Consigna delta:
“Ellos no sabían lo que les iba a suceder”.



Extensión máxima: dos carillas.


Nota importante: Antes de entregar: lean y relean en voz alta, borren repeticiones, escriban oraciones breves, borren lo que no consideren que es fundamental y chequeen los tiempos verbales.

Nota importante 2: Ordenen los nombres de sus archivos. Si el primero se llama: “Consigna 3 – Laura Martínez” van a recibir mi devolución como “Consigna 3 – Laura Martínez -visto-“; entonces para trabajarlo y volvérmelo a mandar tienen que agregarle un “corregido” o un “2”


IMPORTANTE: Fecha límite de entrega de consignas 16 de agosto.


Ilustración: ©Eugenia V. Cano - ©CONACULTA – MÉXICO 2012





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