¡Bienvenidos!

En esta página encontrarán todas las novedades sobre los talleres. Estén atentos.

Taller Literario 2015

Biblioteca Popular "José A. Guisasola"

Taller Literario 2015

Biblioteca Popular "José A. Guisasola"

Taller Literario 2016

Biblioteca Popular "José A. Guisasola"

Taller Literario 2016

Biblioteca Popular "José A. Guisasola"

Taller Literario 2016

Biblioteca Popular "José A. Guisasola"

Taller Literario 2016

Biblioteca Popular "José A. Guisasola"

Mostrando entradas con la etiqueta Mónica Yacob. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mónica Yacob. Mostrar todas las entradas

Amor eterno, por Mónica Yacob. Taller El Perdido digital - Consigna 2

Se conocieron de chicos y se sintieron inseparables. Cuando salían de la escuela jugaban en las vías. En verano se les hacía de noche contemplando como del este despuntaba la luna, reflejando sus destellos sobre los rieles, haciendo que la luz fuera mágica y el paisaje cambiara su tonalidad.

Uno de esos anocheceres, se juraron amor eterno y prometieron que siempre cuando fuera noche de luna llena se verían en las vías.

Los padres de la chica no aceptaron la relación porque el joven era de una clase social baja. La joven estaba desesperada, no la dejaban estar con su gran amor y enfrentando a sus padres dijo que se iría.

Su madre le comunicó que en ese caso arruinaría la vida del joven incluyendo su familia. Ella no tuvo opción y una triste mañana otoñal se casó con un poderoso estanciero elegido por sus padres.

Cuando el joven se enteró, corrió a la casa de la chica llamándola a los gritos para que se fuera con él. Entonces salió el padre y le dijo que su hija se casaba porque estaba embarazada del estanciero.

A pesar de todo, ellos no olvidaron la promesa y desafiando el destino se siguieron viendo en las vías, aún de viejitos.


Texto: Mónica Yacob
Taller: El Perdido digital 2016
Módulo 2 – Foto A y D
Campus virtual Biblioteca Popular
Coordina: Julia Martín
Artista: ©María Pía Corral

Mónica Yacob. Taller El Perdido digital - Consigna 1

BAJO ESE ÁRBOL. Por Mónica Yacob

Bajo ese árbol se encontraban los amantes, siempre apurados mirando a todos lados para no ser descubiertos.

Ese árbol estaba ubicado donde terminaba el pueblo.

A la misma hora, ella y él se amaban bajo ese cómplice árbol.

Pasaron los años hasta que los descubrieron y muertos fueron.

Bajo ese árbol hay dos cruces que un buen samaritano puso.

Cuentan que en las noches de luna llena, el árbol adquiere la forma de los amantes besándose.


Texto: Mónica Yacob / Artista: © Pablo Rodríguez
Taller: El Perdido digital 2016 / Módulo 1 – Foto C
Campus virtual Biblioteca Popular / Coordina: Julia Martín
Proyecto: El Perdido LEE



MI LUGAR EN EL MUNDO. Por Mónica Yacob

Un brillante amanecer me fui del pueblo para buscar mi lugar en el mundo. Crucé montañas de bellos colores, sentí el frío de la cordillera y el calor del desierto. Oí el cantar de las cascadas sureñas y vi grandes ciudades con sus ostentosas torres. Recorrí muchas rutas y me adentré en la selva con su típico aroma que emana de lo más profundo.

Encontré gente linda, con acento distinto, pero nada, mi lugar no aparecía.

Lo que no sabía que mi lugar era y será siempre El Perdido, ese pequeño punto en el mapa que tiene una entrada hermosa, llena de pinos y que su plaza es la mejor del mundo. Ese lugar donde todos nos conocemos y está la verdadera paz, ese es mi lugar en el mundo, mi pueblo.

Puedo irme mil veces pero siempre volveré a sentarme en nuestra plaza.


Texto: Mónica Yacob / Artista: © Pablo Rodríguez
Taller: El Perdido digital 2016 / Módulo 1 – Foto A
Campus virtual Biblioteca Popular / Coordina: Julia Martín
Proyecto: El Perdido LEE

LA DOCTORA COYA, por Mónica Yacob. Consigna 3, Nivel A - Módulo 3


La doctora Elisa Rivas de Hernández tenía una vida plena. Estaba casada con un importante empresario, con dos hijos y el futuro asegurado. Ella era la mejor cirujana de la ciudad.

Una fría mañana de junio escuchó que su hijo menor se quejaba. Cuando lo revisó, notó que estaba muy mal y había que operarlo de urgencia. ¿Quién mejor que ella para asistirlo?

Organizó todo, buscó los más eficientes médicos y el instrumental apropiado. Se trataba de la vida de su pequeño y quería la mejor atención posible. La operación duró demasiado y todo empezó a complicarse. Sus órganos cada vez respondían menos. Terminó de operarlo y lo llevaron a terapia intensiva. El niño empeoraba segundo a segundo, estaba en coma y lleno de cables. Ella no se movía de su lado.

Pasaron algunos días, hasta que un domingo que era el día de la madre abrió sus ojos y en voz muy baja, dijo: mamá, no me duele nada, soy feliz y veo una luz blanca. Escucho la voz de la abuela que me llama. Solo quiero ir a casa, estoy cansado. La doctora haciendo un gran esfuerzo para no llorar, le dijo: Pronto nos vamos a casa. El pequeño sonrió, la miró y le dijo: Te quiero mucho mamita.

Y murió.

La mujer devastada corrió al pasillo a darle la noticia a su marido, quien furioso empezó a golpearla mientras le gritaba: ¡asesina, asesina! Ella se sentía impotente. Había salvado tantas vidas pero no pudo salvar a su hijo.

Pasó el tiempo y sentía que ya no podía vivir más así. Su marido la maltrataba y toda la casa le recordaba al niño. Sus juguetes, su cama, su lugar en la mesa, su risa cantarina. Entonces no pudo más, dejó todo y se marchó sin mirar atrás por temor a arrepentirse. Sabía que su otro hijo quedaba en buenas manos. No se llevó nada, se fue con lo puesto.

Caminó sin rumbo, hasta que el cansancio la venció y cayó rendida al costado de una calle. Ahí la encontró un camionero que la quiso ayudar. Ella le pidió que la llevara lo más lejos posible. Como el camionero iba al norte, la dejó en un pequeño pueblo de la puna jujeña.

Ahí quedó ella en la plaza, detrás de la quebraba la luna hacía su aparición. La gente del lugar era muy hospitalaria, le consiguieron ropa, una humilde cabaña cerca del pueblo y un trabajo de pastora de vicuñas. Se levantaba a las 5 de la mañana y después de tomar su mate cocido salía a pastar los animales, iba junto a otras mujeres. Ella se mantenía callada.

Fueron pasando los años y a pesar de su tristeza estaba en paz. La cabaña donde vivía era pobre, pero tenía una vista magnifica hacia los cerros multicolores, y a lo lejos se sentía el cantar de un arroyo.

Una mañana fue diferente, se levantó con un vacío en el estómago que no podía explicar. Estaba cuidando las vicuñas al costado de la calle, cuando un auto volcó casi enfrente de ella. Sin dudarlo corrió al lugar del hecho donde había un hombre, una mujer y una niña. No reparó en los adultos, sólo se ocupó de la menor que estaba muy mal. La tomó en brazos y la llevó al hospital del pueblo donde había quirófano pero no tenían medico. Entonces ordenó que prepararan todo porque iba a operar a la pequeña, y así fue como le salvó la vida.

Unos días después, fue a visitarla y cuando averiguó que todo estaba bien, decidió marcharse, pero un fuerte brazo la detuvo. Cuando giró, se encontró un hombre igual a su marido de joven. Lo conoció al instante, era su hijo. Quedó petrificada, lo escuchaba hablar lejos, él le preguntaba cómo era posible que una pastora fuera una cirujana tan eficiente. Y ella salió corriendo.

Intentando olvidar todo, un domingo, fue a la plaza y encontró a su hijo con una foto en la mano preguntando si la conocían. Todos se quedaron asombrados cuando ella le arrancó la foto de las manos y le dijo: Esa mujer era yo, pero ya no existe, ahora soy una pastora. El sorprendido, con lágrimas en sus ojos, le dijo: mamá, cuanto te busqué, y mirá donde te encuentro, El la tomó de los hombros y se sentaron en un banco de la plaza.

Entonces su hijo le contó que habían salido de vacaciones con su mujer y su hija, cuando en el viaje reventó una cubierta justo frente a ella, que lo que había pasado era un milagro, que no la quería volver a perder nuevamente. Entonces ella accede a reconstruir su familia pero Elisa no quería dejar el lugar que le había dado tanto.

Su hijo le contó que también era médico, igual que ella, que la gran ciudad lo había cansado. Así fue que compró una casa en el pueblo y la doctora arregló su cabaña para convertirla en un bello lugar donde pasaba horas hablando y jugando con su nieta. Después de tantos años, Elisa volvía a ser feliz. Como ahí había hospital pero no médico, le propuso a su madre atenderlo juntos.

Y así fue. En las mañanas salía a pastar las vicuñas con su ropa típica del lugar y a la tarde se ponía su guardapolvo de doctora para trabajar en el hospital.

De pronto la gente la empezó a llamar “La doctora coya”.



Mónica Yacob
Modalidad: a distancia
Nivel A - Módulo 3
Campus Virtual- Profesora: Julia Martín
Biblioteca Popular “José A. Guisasola”
Julio de 2015

Rincón Literario Facebook Pinterest Contacto El Perdido LEE Bibliopeque Bibliopeque itinerante