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Recorriendo el pueblo, por Flavia Rago. Taller El Perdido digital - Consigna 2


A diario me gustaba dar una caminata vespertina por el pueblo.

Esa tarde en particular descubrí, sobre un poste desnudo y adornado por jirones de lo que alguna vez fuera una bolsa, un hermoso pájaro chiquito y regordete, parecía que tenía el pecho henchido de orgullo debido a su vibrante color anaranjado. Se sentía el dueño del lugar, posaba con firmeza sus frágiles patitas sobre el palo y miraba a los lados altivamente.

Todo lo que mis ojos veían esa tarde era ese ave. El tiempo parecía haberse detenido, me sentía hipnotizada.

Después de un momento continué caminando, se estaba poniendo fresco y me di cuenta de que el día había pasado muy rápido. El sol se estaba ocultando y daba su paso a la luna para que intentase ser la protagonista. Se asomaba lentamente entre la copa de los árboles, como pidiendo permiso. Y en el momento indicado, quedó allí, entre las ramas desnudas de aquel abeto, soberbia y segura, iluminando mi regreso apresurado.

Al entrar en la casa lo primero que cruzó mi mente fue sentarme a disfrutar de un té caliente y seguir disfrutando de la bella luna a través de los cristales de mi ventana, y pensando qué nuevo descubrimiento me esperaba al día siguiente.



Texto: Flavia Rago / Artista: ©María Pía Corral
Taller: El Perdido digital 2016 / Módulo 2 – Foto A y B
Campus virtual Biblioteca Popular / Coordina: Julia Martín
Proyecto: El Perdido LEE

Flavia Rago. Taller El Perdido digital - Consigna 1

INEVITABLE ATRACCIÓN. Por Flavia Rago - Módulo 1 – Foto B

Ella no sabía qué lo aquejaba, cuál era el motivo por el cual nunca lo veía fuera, todo el tiempo detrás de esa ventana, siempre observando fijamente.

A su vez, él la miraba embelesado, adoraba su caminar, anhelaba sus caricias, extrañaba su olor, aunque nunca lo hubiera sentido. Toda ella estaba en su imaginación y se sentía preso de su imagen.

Ella ignoraba lo que él escondía, él guardaba celosamente su secreto por vergüenza, lloraba en silencio su desgracia.

A causa de su miedo ella estaba paralizada. Nunca se animaría a golpear a su puerta para saciar la curiosidad y él nunca sentiría su aliento fresco cerca de su boca por su cobardía.

Así transcurrirían sus días inevitablemente, porque lo que él no quería que supiese era que por una maldita guerra estaba postrado en una silla de ruedas.


Texto: Flavia Rago
Taller: El Perdido digital 2016
Módulo 1 – Foto B
Campus virtual Biblioteca Popular
Coordina: Julia Martín
Artista: ©Pablo Rodríguez



EL ÁRBOL MÁGICO. Por Flavia Rago - Módulo 1 – Foto C

Una tarde paseando por el río, deleitándonos con el paisaje, encontramos ese árbol. Era llamativo en su figura: ramas entrelazadas formaban un nudo apretado. Su piel rugosa parecía de terciopelo. Estaba solo, apartado del resto. Parecía el rey, al que todos rendían pleitesía.

Al atardecer, brillaba de un modo especial y sus hojas se alegraban, meciéndose con la brisa suave.

Irradiaba una energía sanadora, daban ganas de quedarse bajo su cobijo eterno. Ser parte de él sintiéndonos una de sus ramas, muchas de sus hojas.

Nos sentamos junto a él muy cuidadosamente, tratando de no perturbar su belleza, y suavemente nos adentramos en un profundo sueño reparador y feliz. Logramos así, ser parte de él. Fue como sentir el abrazo de una madre, un abrazo reconfortante y conciliador.

Esa fue una mágica tarde, y de ese árbol tan especial no nos olvidamos jamás.



Texto: Flavia Rago
Taller: El Perdido digital 2016
Módulo 1 – Foto C
Campus virtual Biblioteca Popular
Coordina: Julia Martín
Artista: © Pablo Rodríguez


El fantasma, por Flavia Rago. Consigna 4, Nivel A - Módulo 4


Se desvivía por su casa y su marido, lo eran todo para ella.

Hacía un tiempo notaba que se sentía muy sola y que nada de lo que realizaba alcanzaba para llamar la atención de su esposo. Ella tampoco se sentía satisfecha con su vida.

La idea de un engaño comenzó a rondarle en la cabeza y cada vez se hacía más y más fuerte. No tenía registro exacto de cuándo habían comenzado esas sensaciones, pero estaba realmente muy molesta con él por hacerla sentir de esa manera. Él era el causante de su descontento, de su frustración, de su desazón y su locura inminente.

Buscaba continuamente pistas de la aventura que imaginaba que él tenía, marcas en su cuello, manchas de lápiz labial en sus camisas, papeles con mensajes en sus bolsillos… algo, algo que confirmara sus sospechas.

No entendía el porqué de sus llegadas tarde después del trabajo. No creía las explicaciones que le daba cuando le decía que tenía entre manos una obra muy importante en la fábrica.

Cada vez que llegaba tarde ella le propinaba una andanada de insultos y quejas que él escuchaba estoicamente dejándola desahogarse. Y luego, al verla abatida y temblorosa, intentaba calmarla abrazándola y hablándole suavemente, tratando de que entendiera que no había ninguna otra mujer en su vida.

Sin embargo, ella no creía en sus justificaciones y al pasar de los meses sintió que su pesadilla no acabaría nunca.

Su imagen se fue deteriorando, sus ojeras eran evidencia de que no se encontraba nada bien, incluso había perdido peso.

Por el contrario la imagen de la otra mujer, se hacía más visible y fuerte en su cabeza. La imaginaba bella, esbelta, delgada y con un cabello brillante.

Ya no aguantaba las pesadillas que sus pensamientos le provocaban.

Un día él llegó muy cansado, y como siempre desde hacía un tiempo ella comenzó con su descargo.

Agotado por no poder hacerla entrar en razones, la única solución que encontró fue la de llamar a un psiquiatra para intentar con un tratamiento. Concertó una cita y ella se dejó llevar sin oponerse demasiado, y al cabo de una semana decidieron la internación.

Ya nadie creía que su delirio tuviera solución, asique tan solo se limitaban a medicarla, y trascurría sus días en la habitación, con la mirada perdida.

Un día de los tantos que llevaba allí metida, enfrascada en sus locos pensamientos, sintió un golpe suave en la puerta que la sacó de su ensimismamiento.

Juntó fuerzas para levantarse de la silla en la que descansaba. Estaba segura que era ella. Lo intuía.

Contuvo la respiración y abrió la puerta. Instantáneamente, la invadió una sensación de horror. Una mujer insignificante, avejentada, con el cabello revuelto y la cara llena de arrugas, estaba a su lado.

De inmediato distinguió al fantasma que la perseguía desde hacía más de un año y medio, el que la había hecho sufrir injustamente. Comprendió que era la soledad personificada, y captó también que definitivamente había perdido al amor de su vida para siempre.



Flavia Rago
Modalidad: a distancia
Nivel A- Módulo 4, consigna 4 beta
Campus Virtual- Profesora: Julia Martín
Biblioteca Popular “José A. Guisasola”
Agosto de 2015

CON EL CALOR DE TUS MANOS. Por Flavia Rago. Consigna 3, Nivel A - Módulo 3


Golpeó a su puerta una mujer muy sensual, envuelta en un abrigo de piel. Él abrió y se quedó mirándola de pies a cabeza. Luego la invitó a pasar.

Ingresaron a un ambiente cálido, de luces tenues y música suave. Sobre una mesa descansaban dos copas y una botella de vino.

Ella se quitó su abrigo causando en él un estupor mayor al anterior, su vestido ajustaba las partes más destacadas de su cuerpo y su larga cabellera morena era el marco perfecto para tanta belleza, era sublime.

Luego de un momento se sentó en el sillón cruzando sus piernas de manera sugestiva. Él contenía la respiración sintiendo que su corazón estallaría. Se sentía hechizado por esa bella mujer que tenía ante sus ojos. Se sentó frente a ella- para poder seguir inspeccionándola con detenimiento.

Mirándola a los ojos vertió suavemente el dulce vino en una copa y se la ofreció. Ella la aceptó gustosa, y comenzó a girarla entre sus manos para trasmitirle calor.

Sintió que pasó una eternidad estando en compañía de esa escultural mujer, cuando de golpe un escalofrío estremeció su cuerpo y de un salto despertó al oír el sonido insistente del timbre.

En su confusión no sabía si lo ocurrido había sido real, y pensando en ella, abrió la puerta.

Mayor fue su sorpresa y desconcierto al encontrarse frente a él a una hermosa mujer de cabellera morena envuelta en un prefecto abrigo de piel.


Flavia Rago
Modalidad: a distancia
Nivel A - Módulo 3
Campus Virtual- Profesora: Julia Martín
Biblioteca Popular “José A. Guisasola”
Julio de 2015

Reencuentro en la librería. Por Flavia Rago. Nivel A - Módulo 2 - Consigna 2 beta


Mauro divisó la librería y se dirigió rápido en esa dirección. Era cliente desde hacía mucho tiempo, desde la época en que estaba en la universidad estudiando para contador.Se había hecho amigo de Alberto, quien comenzó como empleado en la librería y ahora era el dueño, ya que la había heredado al fallecer su padre.Después de recibirse Mauro, como era de esperar el primer trabajo como contador lo obtuvo de su amigo, quien le pidió que llevara los papeles de la librería.

Aquella mañana, Mauro pasó por el local a tomar un café con su amigo y comenzaron la charla recordando su época de estudios.

—¿Te acordás de Ángela? —le soltó Mauro.

—¡Uh! Ángela, que habrá sido de ella. No la vimos más desde que decidió dejar el profesorado de historia. ¿Qué la habrá llevado a tomar esa decisión, no? Iba tan bien —comentó Alberto.

—Se mudó de casa en esa época. El padre no andaba bien de salud. Ella tuvo que trabajar y por eso dejó los estudios —recordó Mauro.

—Era bien parecida la piba —dijo Alberto.

—Sí, muy linda de verdad —reforzó Mauro—. Una vez tuve la oportunidad de hablar seriamente con ella, de su vida, su familia, lo que le gustaba hacer, de cosas serias y de frivolidades, que se yo. Pero la pasamos bien. Ella decía que estudiaba porque quería darle una vida mejor a los viejos. Yo le dije que estaba bueno hacer lo que a ella le gustaba. Que era bueno que quisiera ayudar a sus padres que tanto habían hecho por ella.

—¡El cabezón Espósito sí que era bravo! —continuó diciendo Alberto.

Mauro se dio cuenta de que no estaba escuchando a su amigo.

—¿Quién? —le preguntó.

—El cabezón Espósito… ¿Qué te pasa? Te quedaste pensativo, no me estás escuchando.

—Me quedé pensando en Ángela. En las charlas que teníamos —contestó distraído Mauro.

—Tengo que hacer un pedido. ¿Me aguantás un rato? —lo sobresaltó Alberto nuevamente.

—¿Eh? Sí, sí, hacé nomás —contestó Mauro.

—Me pidieron unos libros de historia nuevos, son para una profesora que se mudó la semana pasada al barrio —y se quedó pensativo.

—Che, ahora el que se quedó pensativo sos vos. ¿Qué te pasa? —soltó su amigo.

—Desde que vino a pedirme los libros que estoy tratando de acordarme, yo a esa mina la conozco de algún lado. Pero no puedo darme cuenta de dónde —decía Alberto.

—Capaz la encontrás parecida a alguien, solo eso.

Alberto salió para la oficina atestada de carpetas y libros pendientes de ingresar al sistema para poner a la venta. Localizó el teléfono y marcó un número decidido.

Mientras tanto su amigo hojeaba algunos ejemplares que había sobre el mostrador.

Cuando Alberto terminó de hablar por teléfono, Mauro se despidió.

—Bueno che, me voy. Se me hace tarde y tengo bastante laburo. La semana que viene paso.

—Bueno, dale. Nos vemos —contestó su amigo—. Cualquier cosa nos hablamos y nos juntamos a comer un día de éstos.

Sin más, Mauro salió de la librería.

A la semana siguiente, pasó como era su costumbre un ratito por el negocio de su amigo.

Conversaron por una hora, y en pleno debate estaban cuando se sintió el tintineo de la campanita de la puerta de entrada.

Los dos giraron al momento, atentos a quien entraba.

Una mujer muy bien vestida, formal pero sensual en su forma de mirar. Traía de su mano a un niño de unos diez años quizás.

En voz baja Alberto comentó a su amigo:

—Es la profesora de historia que me pidió los libros. La que se mudó hace poco al barrio. Fijáte, mirála bien. ¿No te hace acordar a alguien? Yo sigo pensando que de algún lado la conozco.

Mauro la miró totalmente sorprendido. Esa cara no era fácil de olvidar.

Cuando ella llegó al mostrador, su seguridad era máxima, no había dudas, era Ángela.

Se miraron largamente a los ojos y él solo atinó a saludar.

—¡Hola! —contestó ella.

Alberto los miró desconcertado, preguntándose de dónde se conocían.

—¿Vos sos Ángela, verdad? —preguntó Mauro esperanzado.

—Sí —contestó ella— ¿Mauro, sos vos? —preguntó a su vez.

—¡Sí! —dijo él alegre— ¿Qué haces tantos años, qué fue de tu vida? —quiso saber.

En ese momento, Alberto cayó en la cuenta de porque esa mujer le resultaba tan familiar, pero no la había asociado con ella porque le había reservado los libros con otro nombre.

—Alberto, ¿ahora entendés? —preguntó Mauro mirando a su amigo— ¡Es Ángela!

—Sí, sí —contestó él— Cómo no me di cuenta antes. ¿Te acordás de mí? Soy Alberto —le preguntó a ella.

—¡Uh! no me había dado cuenta de que eras vos —le dijo Ángela—. A veces soy tan distraída.

—¿Así que volviste al barrio? —quiso saber Mauro—. Y por lo que dijo Alberto, deduzco que finalmente te recibiste, ¿no?

—Sí, volví hace un mes, más o menos. Estoy dando clases en la secundaria —dijo ella contenta—. Me movilizó mucho la vuelta pero me hacía falta regresar a mis raíces.

—¿Dónde estabas? —preguntó Mauro—. Nunca supimos adónde te habías ido, perdimos contacto y no tuvimos más noticias tuyas.

—Nos mudamos a Bariloche, mi papá estaba muy enfermo y los médicos nos dijeron que el aire de montaña podía mejorarle un poco la calidad de vida —recordó ella—. Seguí mis estudios allá, me costó un poco más de tiempo recibirme porque trabajaba, pero finalmente lo logré.

—¿Y cómo están tus viejos? —preguntó Alberto—. ¿Siguen viviendo allá o se vinieron con vos?

—Mi papá mejoró un poco, pero sus pulmones ya estaban bastante deteriorados, así que al año falleció —dijo Ángela melancólica.

—Ah, perdón —solo contestó Alberto.

—No hay problema, no tenías porque saberlo —le contestó—. Mi mamá con el tiempo lo va superando. Ella se vino conmigo.

—¿Y el pequeño quién es? —quiso saber Mauro.

—Él es Tomás, mi hijo —dijo Ángela.

—O sea que estás casada —aseguró él.

—No precisamente —contestó reticente—. La idea de irnos a Bariloche no fue solo por la enfermedad de mi padre. Algún día te lo contaré —dijo pensativa.

Enseguida Mauro le dijo: ¿Qué te parece si tomamos un café algún día de estos y ponemos al día nuestras vidas?

Ángela le dijo que sí, retiró los libros que venía a buscar y se fue.

Una semana después, Mauro y Ángela se encontraron en un café, enfrente de la plaza del barrio.

Comenzaron a charlar animadamente de sus vidas, de lo que habían hecho a lo largo de los años que no se habían visto. Cuando ya estaban aclimatados, Mauro quiso saber más acerca del hijo de Ángela.

—¿Y qué pasó con el padre? —le preguntó.

—Nunca se lo dije —contestó temerosa Ángela.

—Pero ¿sabés quién es? —dijo Mauro al instante.

—Por supuesto que sé quién es. Pero preferí enfrentar sola el problema y no cargar a otra persona con los míos —y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Disculpáme Ángela, no quise hacerte sentir mal —le dijo Mauro tocándole la mano.

Ella la retiró suavemente y se secó las lágrimas con el dorso.

—Nunca se lo dije porque él no quería ataduras ni complicaciones —continuó ella— porque claramente me lo dijo en la cara la tarde que intenté contárselo. Sus palabras me llegaron hondo al corazón, y solo me callé —dijo llorando quedamente.

A Mauro los pensamientos se le agolparon uno encima del otro, recordó de golpe aquella conversación en la que ella le decía que se mudaban.

Finalmente ella soltó:

—Nunca te lo dije, porque el padre sos vos.


Modalidad: a distancia
Campus Virtual – Profesora: Julia Martín
Biblioteca Popular “José A. Guisasola”
Junio de 2015

Con los pies en la arena. Por Flavia Rago. Nivel A - Módulo 1 - Consigna 1 gamma



La niña juega en la playa, bajo el sol, protegida levemente por su sombrero. Con los pies en la arena dibuja castillos imaginarios, en los que desearía vivir una vida de princesa.

Le gustaría, al menos por un día, usar vestidos vaporosos, asistir a banquetes majestuosos, recorrer grandes habitaciones de pisos brillantes.

Pero su realidad está alejada de lo que imagina, eso se nota en su mirada triste, por eso su sonrisa es más por melancolía y añoranza que por alegría.

La niña no tiene ningún vestido vaporoso, ni siquiera uno, su ropa son apenas harapos que la cubren lo suficiente… solo lo suficiente.

Tampoco vive en un castillo majestuoso de habitaciones con brillantes pisos, sino en una pequeña casita casi derrumbada.

Pero dibujando con sus pies en la arena puede al menos por un momento ser feliz, y con eso le basta.



Modalidad: a distancia
Campus Virtual- Profesora: Julia Martín
Biblioteca Popular “José A. Guisasola”
Mayo de 2015

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